No había experiencia más fascinante como la que se producía en mí todas las mañanas de viernes cuando junto a papá íbamos al shuk (feria) a comprar todo lo necesario para recibir como corresponde al shabat. Por supuesto llegábamos bien temprano, dado que había mucho para recorrer y debíamos regresar a tiempo para que mamá cocinara esas cosas tan ricas que sólo ella sabía, antes de la primera estrella. El murmullo era tan intenso que debíamos hablar a los gritos. Ni que decir de los vendedores que a viva voz vociferaban acerca de las bondades de sus productos. Callecitas estrechas, en las cuales era fácil perderse, por lo tanto nunca me separaba de la mano de papá. Lo dorado del sol, mezclado con el rojo de los tomates, o el verde de las manzanas formaban un abanico imposible de describir por su belleza. Piedras milenarias alineadas prolijamente hacían de piso, y sobre ese piso, de repente como por arte de magia, un bolso, el cual únicamente yo pude observar y tironeando del brazo de papá, para que detuviera su paso pudiera levantar. Sorpresa mayúscula cuando desde ese bolso una gran cantidad de monedas de oro relucían en su interior.
- Y ahora qué? pregunté con lógica alteración.
- Ahora a devolver este bolso, del cual yo conozco a su dueño – respondió mi padre sin dudar.
Y es así que llegamos al extremo de nuestro pueblo, y en una casa con aspecto humilde con techos de paja, un hombre a su puerta, sentado con la cabeza en sus rodillas, sin levantar la vista del piso, y sin darse cuenta de nuestra llegada.
Papá lo conocía muy bien, y por supuesto que sabía que el bolso encontrado era su bolso, y ello procedió a devolvérselo, no aceptando nada en recompensa.
- Permíteme entonces darle algo a tu hijo – dijo el hombre. Papá asintió y es así que al instante apareció una paloma que se posó en su hombro, la cual el hombre me la entregó diciéndome: - jamás te olvidarás de ella.
Fue así que desde ese día, todos los días alimentaba a mi paloma, y le daba de beber, y ella siempre respondía a mi llamado. En el pueblo, había perdido mi nombre, era el chico de la paloma.
Cumplía diez años y como siempre esperaba la sorpresa a que mamá siempre me tenía acostumbrado. Sentados a la mesa, con papá a la cabecera, veo a mamá sacar una fuente de nuestro horno de barro, y en ella prolijamente ubicada en el centro, mi paloma.
FELIZ CUMPLEAÑOS – me dijo.
A partir de ese día nunca más volví a hablarle a mi madre.
A partir de ese día nunca más festejé mi cumpleaños.
Daniel Najnsztejn
3 comentarios:
Que fuerte.
Nuestra ninez desdibujada.
Fuè el destino, fuè la vida.
Por suerte fuè pasado.
Que nuestra memoria atestigua en el papel para no darle màs espacios.
Es pasado que se funde al unísono con el presente y se proyecta al futuro haciendo que la noción del tiempo carezca de sentido.
Tenes razòn.
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